PALABRAS QUEMADAS | Ed.19

Manuel Rojas, poeta

Categoría: Palabras Quemadas 19 Creado: Sábado, 16 Febrero 2019 07:23

Tiene que haber sido el 91`o el 92`. Quizás el 93’. Un amigo llegó con un ejemplar de Hijo de ladrón, novela que, a pesar de su escaso interés por la literatura, le había gustado tanto por el “desorden” en la disposición del relato como porque el protagonista era, en efecto, hijo de un criminal. No podía creer que un hombre marcado, vagabundo y anarquista protagonizara la novela. No tardé en pedirle el libro. La prosa de Rojas me sedujo de inmediato. Luego vendría el resto de Tiempo irremediable, Lanchas en la bahía y los relatos cortos.

A pesar que leí con cierta fruición la narrativa de Rojas, pasaron años hasta que tomé contacto con su poesía. Tal vez fue el 2013 o el 2014. Deambulando por anaqueles dedicados a la literatura chilena en una biblioteca, encontré un ejemplar de Su voz viene en el viento. Poesía reunida de Manuel Rojas, texto editado por Rodrigo Carvacho Alfaro. Carvacho hace, en ese sentido, un esfuerzo valioso por recopilar los poemas del autor de Sombras contra el muro.

Del texto me llamaron la atención, en primer término, los epígrafes, los cuales catalogan, de manera natural, a Rojas como un poeta. Salvador Reyes sostiene, en este sentido, que “Rojas nació a la poesía hecho ya poeta”; Neruda habla, por su parte, de la “Noble serenidad del verso de Manuel Rojas. Parece que brotara desde el fondo mismo de un alma macerada en la belleza, sabia en exprimir, de sí misma, un divino y puro licor de poesía”. Las entusiastas apreciaciones de ambos escritores son complementadas por Hernán Díaz Arrieta (Alone), quien en el prólogo de la primera edición de Lanchas en la bahía (1932) sostiene que: “la naturaleza ha hecho de Manuel Rojas, en primer lugar, un poeta de la más delicada, de la más exquisita sensibilidad”. Reyes, Neruda y Alone parecen marcar la obra de un poeta que estuvo muy lejos de mi radar. Parafraseando a Borges, había ignorado el sitio del tesoro.

Su voz viene en el viento. Poesía reunida cuenta con un poema excepcional: “Desecha rosa”. Se trata de un una pieza que está muy por sobre el resto del conjunto. Para Carvacho, es de un texto que arranca desde una desgracia: “Esos poemas surgen de la reflexión y sufrimiento por la pérdida de su esposa y madre de sus tres hijos, María Luisa Baeza Serrano, en 1936”. Manuel Rojas emplea, otra vez, materiales autobiográficos para construir un libro excepcional. A partir de la evocación de la esposa muerta, Rojas conforma un texto poético compuesto por siete cantos –análogos a la construcción del mundo o a la idea de la perfección judeo-cristiana-, en el que, cada uno de ellos, cumple un rol central de la reconfiguración de su amor por Baeza Serrano.

Los cantos I y II sirven para las presentaciones de los amantes. En el Canto I Rojas aparece como un hombre: “Construido con elementos de timidez y de urgencia/ de pasión y silencio”. Perteneciente a los sectores marginales, rodeado de ganzúas, ladrones y anarquistas, solo posee su “don de hombre” y su “pequeña gracia de narrador”. En el Canto II es caracterizada la amada, proveniente de Valparaíso, como una mujer “Apretada e intacta, construida con elementos de lentitud y ternura”.

El Canto III constituye el momento de la materialización del fuego, de la concreción de la pasión amorosa: “Sin alientos, con locura y con ternura/ unidos en la sangre, en el aliento y en la piel/ buscamos aquellos que nos unía/ y que nunca supimos qué era”. Rojas se aboca a contar las “largas noches” compartidas con la esposa, deteniéndose en los “trabajos fervientes” efectuados en medio de las sombras.

En el Canto IV, sin lugar a dudas el más hermoso de “Desecha rosa”, se da cuenta de los ocho años que comparte con su mujer, periodo en el que, más allá de los hechos políticos y sociales, de los crímenes en contra de los sectores marginales, destaca la comunión de un amor amenazado, sobre todo, por la acción del tiempo: “A través de sus días y sus noches/ tu mirabas blanquear mis sienes/ y yo veía cómo tus labios perdían su frescura/ Pero era en ti donde moría mi juventud,/ en mí donde moría la frescura de tu boca/ Alcanzábamos nuestro gozoso y limpio destino”.

Mientras el Canto V evidencia la toma de conciencia ante la pérdida de la mujer amada; el VI intenta recuperar, de manera desesperada, a un ser retenido por la muerte y que, en este sentido, puede seguir perviviendo en la memoria.

En el último canto se consigna, además, cómo la esposa sigue viviendo en sus hijos, forzando, así, un vínculo que “la muerte no puede romper”. Solo en ellos sigue latiendo la fuerza de la mujer amada. En este sentido, es interesante considerar que los “abejorros” que aparecen en el poema, es decir, los hijos de los amantes, están presentes en la historia de María Luisa y Manuel aun antes de conocerse, como si fueran parte de una unión que desafía al tiempo, al espacio y el azar.

Al final encontramos al hablante que camina, paso a paso, hacia la “desecha rosa” que espera al otro lado del río.

Revista Digital Estación de la Palabra | Ed. 19

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