PALABRAS QUEMADAS | Ed.19

Editorial

Categoría: Palabras Quemadas 19 Creado: Lunes, 18 Febrero 2019 07:23

Ruta inversa. A más de 20 años de 'Los Detectives Salvajes'

Los detectives salvajes es la novela que a mí me hubiera gustado escribir. Realmente, es el único libro que me ha seducido para actuar como Pierre Menard. Este deseo no tiene que ver solo con la calidad estética o los juegos formales del texto, sino, sobre todo, porque se trata de una novela que tiene para mí una carga explosiva sin parangón.

En Los detectives salvajes existen diversas voces que dan cuenta de lo que le sucedió o que, más bien habría que decir, que le/nos pasó a muchos jóvenes que crecimos en los 70`, 80` o 90`. Principalmente, porque se trata de un libro del amanecer y del eclipse; del inicio del camino y, luego, de los quiebres y de los finales.

Y no hablo solo sobre el inicio del camino de los poetas, pues Los detectives salvajes muestran, más bien, una celebración de la juventud. No por nada Bolaño definió a Los detectives salvajes como una novela de “Sexo, drogas y rock and roll”. Aquel despertar de García Madero, luego de dejar atrás la virginidad con María Font, cuando se encuentra con Barrios y Paterson roncando y desea besarlos, constituye uno de los mínimos y espléndidos momento de gloria que se expanden hacia distintos puntos de la novela. Y es que el sexo –y en menor medida el amor- mueven parte importante del deambular de personajes que gozan hasta el extremo para luego caer en el frío y el olvido.

Al culto de eros, se suma lo que Bolaño mencionó, alguna vez, como hermandad universal. García Madero, Belano y Lima conforman una pandilla, un grupo de colegas o camaradas que recorren de un extremo a otro las avenidas del DF. ¿Acaso no hicimos nosotros lo mismo? En Santiago, Buenos Aires, Lima o Quito. Caminando, en micros o en carros –los menos- ciudades que se abrían hacia las aventuras, a veces dichosa, a veces trágicas, pero que, siempre, deparaban un momento, una imagen, una sonrisa.

Los real visceralistas descubren y cultivan, además, una pasión en común: la literatura. De hecho el grupo parece estar, cuando no follan, beben conversan o se drogan, leyendo o escribiendo. Bolaño reivindica en Los detectives salvajes –al igual que Cervantes- su propia juventud, sin embargo, creo que lo que le interesa sobre todo es la comunidad que se establece entre los integrantes de la pandilla, una comunión similar a la que otros pudieran forjar en torno a un equipo de fútbol, al rock o a una religión. No se trata tanto del elemento que los aglutina sino de la sensación de ser parte de una tribu que está dispuesta a amar y batallar en conjunto.

Asimismo, se trata de un grupo que apuesta fuerte en cada uno de los juegos en los que se involucra. Ya sea en el ataque a sus rivales, en las construcciones poéticas, en la creación de revistas, en las fiestas y en los bailes. Los visceralistas son mujeres y hombres que anhelan vivir en el filo de la navaja. De allí que muestren un inusitado valor frente a situaciones que parecen superarlos, como por ejemplo, en la defensa de Lupe ante Alberto y el policía o en el descenso de Belano para rescatar a un niño abandonado en una grieta.  

Bolaño puebla la novela, además, de personajes e historias que calaron en numerosos lectores. La exquisita mezcla de erotismo y policial en Simone Darrieux, el amor desesperado de Ulises Lima por Claudia en Israel, la venta de mariguana para financiar la revista Lee Harvey Oswald, el duelo de Belano y Echavarne. Bolaño construye una serie de gárgolas con las que los lectores podemos sentirnos identificados y terminar viviendo en sus páginas.

En la segunda parte de la novela asistimos a la colisión de los sueños contra la realidad. Lejos del reconocimiento literario, pactando treguas con el enemigo, como se aprecia en el encuentro de Ulises Lima con Octavio Paz, los visceralistas parecen vivenciar la destrucción de las esperanzas juveniles. Sin embargo, hay algo que me maravilla de esta sección. A pesar del fracaso, del rechazo y la frustración, persiste el ansia de seguir luchando, de seguir escribiendo, de seguir amando, más allá de las sonrisas o de la condescendencia del otro.  

Sin embargo, no se puede pasar por alto el daño que muchos han padecido, ya sea por los fracasos matrimoniales, necesidades económicas, muertes brutales, síntomas de locura, nos encontramos -como si fuera con nuestros propios amigos a los que no vemos hace años-, con sujetos que han caído mucho más en el infierno que en el paraíso.

En 2666, Bolaño sostuvo que todo es oferta + demanda, a excepción, claro está, de la magia –la tercera pata de la mesa- que está compuesta por el sexo, la bruma dionisiaca, el juego y la épica. Allí hay una definición que permite comprender el sentido más profundo de Los detectives salvajes. Se trata, a todas luces, de un texto que celebra la vida. Los detectives salvajes condensan, más que cualquier otro texto bolañano, esa magia mencionada en 2666. Agregaría a la reflexión de Bolaño, eso sí, un quinto elemento que, en mi perspectiva, es clave para entender esta novela: la pasión. Es la pasión por la literatura, las parejas, los amantes, los hijos –lo que sea- aquello que hace que levantarse siga teniendo sentido a pesar de la fatiga, el tedio y las heridas de los años.

Ulises Lima afirma en la novela que los visceralistas caminan hacia atrás: “De espaldas, mirando un punto pero alejándose de él, en línea recta hacia lo desconocido”. De esta imagen se desprende un valor enorme, salvaje y una disposición a arriesgarlo todo, sin mediar consecuencias, en tanto sea posible aguantar un round más.

En el final, solo me resta agregar –parafraseando a Bolaño- que aún espero una invitación para ingresar al realismo visceral. No importa que no haya ceremonia de iniciación. Tal vez sea mejor así. 

Revista Digital Estación de la Palabra | Ed. 19

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