PALABRAS QUEMADAS | Ed.18

El Peneca: la lectura a través de la imagen

Escrito por Daniela Pinto Meza
Categoría: Palabras Quemadas 18 Creado: Miércoles, 03 Octubre 2018 07:23

 Existen textos que permiten otros textos, que los sostienen, los sugieren o extienden sus posibilidades. A veces la gran historia de la literatura no los considera, por estimar que son obras secundarias. Algo de esto nos sugiere la revisión de la revista El Peneca, el “semanario ilustrado para niños”, como señalaba su subtítulo hacia 1908.

La trascendencia de esta revista puede medirse a partir de su perdurabilidad en el tiempo: desde 1908 hasta 1960. Claramente, el uso de la ilustración fue una de las características que determinaron su impacto, sin embargo, es necesario precisar que esto no era un signo característico de esta revista: varias publicaciones de la época, como Zig Zag o Sucesos seguían esas aguas y la empresas que publicaban diarios y revistas en Chile ya advertían con toda claridad que el uso de la ilustración en sus páginas les aportaba una distinción que incrementaba el interés del público lector y, con ello, por cierto, sus ganancias.

Sin embargo, lo interesante de El Peneca, pareciera ser el impacto a largo plazo que tuvo en muchos de sus lectores. En efecto, si uno piensa en la serie de recuerdos que Alfonso Calderón escribió, ya sea directamente sobre El Peneca, o bien sobre su ilustrador principal, Coré –Mario Silva Ossa–, pareciera que esta revista fue una excelente plataforma para el fomento de la lectura, pero no a partir de las letras, sino de las imágenes.

En efecto, en El Peneca se aplicaron y desarrollaron todas las técnicas gráficas que estaban en boga a inicios del siglo XX. Todas estas técnicas confluían en un solo efecto: la imagen en la retina del lector.

De este modo, El Peneca expresaba con propiedad el desarrollo del periodismo moderno, en el sentido que lo comprende Eduardo Santa Cruz, pero destinado al público infantil. Ahora bien, en sentido estricto, infantil debería comprenderse como juvenil.

La observación anterior es posible sostenerla a partir de los contenidos que se pueden apreciar en las páginas de la revista: muchos de ellos no corresponden –en propiedad– a lecturas infantiles, sino que son claramente textos apropiados para jóvenes. Historias de aventuras, de geografías exóticas, de historias satíricas, son las que se incluyen en El Peneca. No abundan, particularmente en las primeras décadas de esta revista, los textos explícitamente formativos (de hecho, es notable la ausencia de textos de formación religiosa, ciudadana o patriótica). Pareciera que, durante varios años, la intención de la revista era sencillamente, entretener a sus jóvenes lectores.

Entretener y fidelizar, habría que precisar: muchos relatos se entregaron en capítulos, a modo de series, de tal manera de lograr que el lector-consumidor asegurase la compra del próximo ejemplar. Es así como existen series narrativas como “El conde caníbal”, protagonizada por Jack Claremont, un rico heredero inglés, quien se cría entre negros caníbales y no se resigna a ser un hombre civilizado. O bien historietas en entregas, como “Náufragos del aire”, “Los tres huérfanos” o “Quintin el aventuro”.

Los cuentos publicados por entregas eran acompañados por ilustraciones que buscaban destacar los aspectos centrales de la narración: el momento más dramático o la caracterización del personaje más relevante. De esta manera, claramente lo que se buscaba era que, a partir de la atracción por la imagen, el joven lector abordara la lectura del texto. Y esto claramente funcionaba, al menos así se desprende de las referencias que comentábamos anteriormente de Alfonso Calderón: el deslumbre inicial está dado por lo estrictamente visual; lo textual será una aproximación en segunda instancia.

Posteriormente la revista publicará relatos de viajes, concursos fotográficos, colaboraciones de lectores, expresadas en textos o imágenes. Y, aun cuando predominó siempre en El Peneca el texto por sobre la imagen, es indiscutible que fue esta última la que logró asentar en una cantidad considerable de lectores chilenos, el hábito de la lectura textual. Solo por eso, El Peneca merecería ser revisitada más asiduamente, al menos desde el ámbito de los estudios sobre la historia de la lectura en Chile.

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