PALABRAS QUEMADAS | Ed.15

LA IMPOSIBILIDAD DEL AMOR EN EL CANCIONERO DE LOS PRISIONEROS

Escrito por Alexis Candia
Categoría: Palabras Quemadas 15 Creado: Miércoles, 20 Septiembre 2017 07:23

            Los Prisioneros salvaron mi infancia y mi juventud.

Crecí en una familia opositora al régimen de Pinochet y, en consecuencia, fue parte de mi infancia el canto combativo y/o nostálgico por la apertura de las “grandes alamedas”. Oí, compartí y canté, a veces en susurros a veces a gritos, las canciones de Víctor Jara, Quilapayún, Inti Illimani, Illapu, entre otros. Sin embargo, algo nunca acabo de gustarme. Tal vez su música, quizás su estética. A pesar de compartir sus mensajes no me seducía, a pesar de que lo deseaba, su estilo musical.

Por esto, la irrupción de La voz de los 80 y, luego, de Pateando piedras, discos que conocí en el año 1986, vinieron a interpretar y plasmar lo que intuía y esperaba. Los Prisioneros pusieron punk-rock, tecno y pop a letras que tenían fuerza, rapidez, humor y una capacidad crítica violenta frente a la dictadura. Ambos discos, más La cultura de la basura, generaron una batería de himnos que denunciaron las desigualdades educacionales (“El baile de los que sobran”), la influencia norteamericana en la política regional (“Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”), las diferencias de clase (“Por qué los ricos”), los abusos empresariales (“Usted y su ambición”) e, incluso, claros llamados a romper con la representatividad (“No necesitamos banderas”) y con los “vampiros” que mantienen a la sociedad en la ignorancia  (“Poder elegir”). En esta última canción la banda realiza un rotundo llamado a reclamar, pelear e impedir el aprovechamiento de las carencias del pueblo[i].

Ahora bien, tras la poderosa crítica social emanada de cada uno de los discos, existe una temática que captó, prontamente, el interés de Jorge González[ii]: el amor. No solo hubo canciones de protesta en las radios de los 70’ y 80’ sino, también, muchísima música romántica. Españoles, italianos, latinos seducían a los auditores con composiciones que daban cuenta de cómo el desamor nos deja en “carne vida”, o de cómo lo mejor de la vida precede a la traición o de cómo una muchacha y una guitarra pueden abrir las puertas del paraíso. Los Prisioneros vivieron la explosión de la balada romántica, la que influencia y permea las canciones del trío de San Miguel[iii]. Desde La voz de los 80 con “Paramar” o “Mentalidad televisiva” hasta “Por amarte o “Amiga mía” de Corazones, el romance fue parte relevante de las temáticas abordadas por la banda.

La camisa blanca manchada de sangre es una marca inolvidable de uno de los mejores discos de la última década del siglo XX. La carátula revela el ardiente y apasionado amor que narra el cuarto disco de estudio de la banda. Al tomar el CD en mis manos[iv] no puedo evitar recordar la compleja recepción del disco. El primer single, “Tren al sur”, según cuenta el propio González en un recital efectuado en Primavera Fauna, pasó más de seis meses sin ser difundido por las radios nacionales y, cuando comenzó a circular el video en los medios de comunicación (que en su gran mayoría aborrecían a sujetos marginales que habían desnudado, popularmente, las miserias del gobierno de Pinochet) los seguidores de la banda no comprendieron –no comprendimos- su giro.

Jorge González entregaba algunos de los mejores temas de amor del cancionero nacional cuando se esperaba un disco político que celebrara el término del régimen y que fijara, a su vez, hitos para el retorno de la alegría. No fue así. Como todo buen artista, González quebró las expectativas del público no porque hizo algo completamente distinto al resto de su catálogo sino porque invirtió la relevancia de los ejes temáticos que movieron a Los Prisioneros. Si las tres primeras placas focalizaron sus letras en la crítica social y cantaron, en menor medida, las huellas del amor y del deseo; Corazones descansó en el componente romántico pero, a su vez, mantuvo cierta posición crítica. Mientras “Noche en la ciudad” cuestiona el conservadurismo de la sociedad chilena de inicios de 1990, la que necesita establecer un férreo control ético que, en alguna medida, antecede la irrupción de la vertiente higienista que ha tenido un poderosa expansión en las primeras décadas del siglo XXI, “Corazones rojos”[v] despliega una ácida parodia del machismo en las sociedades latinoamericanas: “Eres ciudadana de segunda clase/ sin privilegios y sin honor […] En la casa te queremos ver/ lavando ropa pensando en él/ con las manos sarmentosas y la entrepierna bien jugosa”. González incluye en el disco una canción que denuncia un orden trazado al menos desde los albores del cristianismo y que adquiere manifestaciones pesadillescas, en sus versiones más extremas, a través de los feminicidios que sacuden el continente en la actualidad.

Ahora bien, Corazones tiene su eje central en un intenso romance[vi] que, al igual como en toda la discografía de la banda, está cruzado por la imposibilidad del amor. El amor prisionero está marcado por el fracaso, esto es, la incapacidad de consolidar la relación sentimental. Así, resulta imposible mantener en el tiempo los vínculos erótico-sentimentales.

La voz de los 80 y Pateando piedras incluyen canciones que narran amores no correspondidos. La voz de los 80 está protagonizado por un sujeto prisionero que anhela, fervientemente, consolidar una relación de pareja pero que, a su pesar, no logra alcanzar el objeto del deseo. “Eve-evelyn” describe la torpeza de un conquistador ante una mujer que lo seduce, lo pierde y lo abandona: “voy tras tu respiración/ mis palabras son torpes/ dominas la situación/ dame un poco más de tu boca/ toda tu piel me provoca/ en el suelo está embarrada mi dignidad”; “Mentalidad televisiva” se sitúa un paso más adelante en la relación amorosa: el inicio de una relación que, rápidamente, es socavada por el descontrol de los latidos de conquistador: “Como es normal nos juramos amor/ eterno, invariable y a todo color/ ella se imaginó que yo era un campeón/ un eterno matador/ insensible seductor/ cuando vio lo que yo empezaba a sentir/ mi entrega fácil le empezó a aburrir”. A todas luces, se produce un conflicto entre la imagen que proyecta el protagonista del relato y la realidad que se encuentra bajo la máscara. La amada no acepta nada menos que un varón de “lomo plateado” que ha de amarla a golpes de indiferencia. “Paramar” parece el corolario del trayecto inicial del sujeto prisionero: “Recuerdo cuando dije que este invierno/ sería menos frío que el anterior/ y aquí estoy congelándome”. Aquí, ya se ha perdido a la amada, al “alma gemela”, la única que detenta el poder de concederle la felicidad. No hay esperanzas. No hay sueños. No hay futuro. Solo queda un manifiesto que busca evitar las tormentosas aguas de la pasión sentimental. Así sostiene que para amar: “debes tratar de poco entregar […] tu identidad debes falsear […] siendo estúpido serás feliz […] debes evitar soñar”. González configura en la letra un amor que no apunta a cristalizar el sentimiento amoroso –al decir de Stendhal- sino a evitar el precio a pagar, es decir, el dolor que puede implicar involucrarse sentimentalmente.

Pateando piedras realiza una inversión jerárquica del polo de seducción. Desaparece el “poeta estúpido” dado que el objeto del deseo ha sido “alcanzado”, sin embargo, una vez consumada la conquista desea terminar, lo antes posible, con el vínculo amoroso. Así, “Por favor” plasma el aburrimiento y el desencanto que experimenta al sujeto prisionero, quien condensa su sentir en una sola frase: “Rindámonos, por favor”. Se trata de una relación acabada debido a que se encuentra sustentada solo en el deseo femenino. De allí que González clame: “Óyeme preciosa no hay más/ eso era todo y no hay mucho que hablar”. Las dos primeras placas de Los Prisioneros parecen dar cuenta de la no convergencia del deseo amoroso. No es posible aunar ni los tiempos ni los espacios ni los deseos de los amantes.

La cultura de la basura y Corazones cantan, en este sentido, un estadio distinto. Partamos por Corazones. El último disco firmado por la banda en su primera etapa tiene como piedra angular una compleja y tormentosa historia de amor. Muy en la línea de lo que plantea Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso, Corazones narra una trayectoria sentimental que comienza “Con suavidad”. Allí, la banda relata la captura, es decir, el momento en el que el sujeto prisionero se ve sumido en la seducción: “Llegó como una ilusión […] me apoyo en la pared/ para hablarte de aventuras […] logro mirarte los sientes/ me emocionas y me haces callar”. La proximidad del sujeto amado queda revelada en la contemplación de los dientes y en el hecho de que un detalle menor emocione al sujeto prisionero. Asimismo, la canción revela el férreo anhelo de tomar a la mujer hasta, simplemente, morderle su “corazón”.

Más que cualquier otra canción de Los Prisioneros, “Amiga mía” constituye el “encuentro” de los amantes, el momento del goce del otro. Jorge González describe la plenitud que emerge del amanecer con el sujeto amado, plenitud que se contrapone, claramente, el hastío que provoca el término del goce carnal, cuando –sin la presencia del amor- emerge el deseo de que el otro se vaya de una buena vez. “Amiga mía” se concentra en ese momento de éxtasis en el que sobre las sábanas sudadas se comparte café y caricias que dilatan lo máximo posible el inicio de la jornada: “Como puedo comer/ como puedo escribir/ como puedo sufrir/ escapar o mentir/ si lo único cierto y lo único claro/ es tu firme y salvaje/ y bendito amor/ […] moriría mañana/ moriría en éxtasis”. El amor devora el tiempo y el espacio. No hay nada más allá. El mundo se limita a esa pieza que actúa como burdel y castillo. De allí que la canción insista, una y otra vez, en subrayar el convencimiento de que no dejarán que “el amor se nos vaya”.

La ilusión del amor no tarda, sin embargo, en desvanecerse. “Por amarte” ya muestra las primeras señales de descomposición al dar cuenta que, a pesar de transpirar constantemente en el cuerpo de la amada, el amor se convierte en un error: “Amarte es mi estupidez/ es mi suicidio”. El sujeto prisionero se lamenta de poner su corazón en las manos de una niña que termina haciéndolo a un lado debido a que padece una enfermedad terminal: “Estrechez de corazón”. Esta última canción, la más reconocida del álbum, penetra en las sucesivas heridas que se generan en la pasión o, en lo que Barthes denomina como la “secuela”. Para González, las palabras se tornan en cuchillas que muestran el orgullo, las pasión y la traición que, lentamente, metamorfosea el amor en odio: “lástima que sea así/ es el juego del amor/ cuando más parece firme/ un castillo se derrumba de dolor”. A pesar de advertirle a la amada que no tolerará esa enfermedad, las cartas están jugadas y el juego o la guerra del amor tiene un desenlace inexorable que se aprecia en “Es demasiado triste”, canción que cuenta la partida del sujeto prisionero en un taxi que lo lleva a cualquier lugar donde pueda olvidar lo único que es “inolvidable”, esto es, a una mujer que se ha transformado en una ciudad, lo que es un claro reflejo de la inmensidad que ha alcanzado su imagen: “Toda esta ciudad/ hoy tiene el color de tus ojos”. Con ello, establece la imbricación de la mujer y la ciudad, haciendo imposible para el sujeto prisionero existir en un espacio dominado por el embrujo de ella. Así, el sujeto prisionero huye no sin antes constatar la tristeza que lo mueve frente a un maldito amor que ansía “reírse en [su] cara”.

La mancha de sangre se extiende sobre el blanco.

La cultura de la basura contiene una sola canción romántica que es, sin embargo, la más significativa de Los Prisioneros: “Cuando te vayas”. Ninguna canción de la banda encarna mejor que esta la imposibilidad del amor en el cancionero del grupo. Aquí nos encontramos con un sujeto prisionero que se halla en la plenitud del amor y que, a partir de ese momento de tranquilidad y de paz, sueña y reflexiona acerca de inevitable momento en que su mujer lo abandonará. No hay más que una explicación para esta situación: el sujeto prisionero sucumbirá a su injusticia, a su violencia o a su imbecilidad hasta hacer insostenible la convivencia amorosa. A diferencia del común de los mortales que, desde el éxtasis, proyectan como preservar e incluso extender la conexión amorosa, Jorge González parece estar movido por un “destino o su equilibrio fatal” que lo lleva a pensar en la crisis que antecederá el momento en que la amada se vaya. Tal como sostiene Oscar Rosales, “González evoca dolorosamente no lo que pasó, sino lo que va a pasar, generando un discurso poético de "Nostalgia del Futuro".

La fugacidad del amor en la discografía de la banda hace imposible los cuentos de hadas. “Nada es para siempre”, como afirma el propio González en su etapa solista. Los Prisioneros pueden proyectar nada más que la eternidad del instante, es decir, la máxima intensidad del amor cuando un cuerpo entra en otro cuerpo o un corazón se disuelve en otro corazón. Pese a que buscan y persiguen con suma pasión esos instantes, su muerte es inevitable. La desaparición del amor se proyecta como un hecho natural. El otoño vuelve cada año.

 

Notas


[i] No deja de ser inquietante que, a más de un cuarto de siglo de la edición de estos discos, las letras se mantengan vigentes. Esto evidencia las carencias que sigue teniendo Chile en estas materias.

[ii] A partir de ahora, me referiré indistintamente a Jorge González y Los Prisioneros dado que el vocalista y bajista de la banda firma la mayoría de las composiciones del grupo y, específicamente, todas las letras que son analizadas en este texto.

[iii] Un botón de muestra es la grabación de “La noche” de Salvatore Adamo en el disco Ni por la razón ni por la fuerza.

[iv] Si Corazones fue mi primer CD, Pateando piedras mi primer casete.

[v] Esta canción fue escrita originalmente para Las Cleopatras, agrupación conformada por Cecilia Aguayo, Patricia Rivadeneira, Tahía Gómez y Jacqueline Fresard.

[vi] La historia real que motiva el disco ha sido abordada en biografías autorizadas y no autorizadas, de manera que no consideraré este aspecto en este texto.

LA IMPOSIBILIDAD DEL AMOR EN EL CANCIONERO DE LOS PRISIONEROS

Por Alexis Candia

            Los Prisioneros salvaron mi infancia y mi juventud.

Crecí en una familia opositora al régimen de Pinochet y, en consecuencia, fue parte de mi infancia el canto combativo y/o nostálgico por la apertura de las “grandes alamedas”. Oí, compartí y canté, a veces en susurros a veces a gritos, las canciones de Víctor Jara, Quilapayún, Inti Illimani, Illapu, entre otros. Sin embargo, algo nunca acabo de gustarme. Tal vez su música, quizás su estética. A pesar de compartir sus mensajes no me seducía, a pesar de que lo deseaba, su estilo musical.

Por esto, la irrupción de La voz de los 80 y, luego, de Pateando piedras, discos que conocí en el año 1986, vinieron a interpretar y plasmar lo que intuía y esperaba. Los Prisioneros pusieron punk-rock, tecno y pop a letras que tenían fuerza, rapidez, humor y una capacidad crítica violenta frente a la dictadura. Ambos discos, más La cultura de la basura, generaron una batería de himnos que denunciaron las desigualdades educacionales (“El baile de los que sobran”), la influencia norteamericana en la política regional (“Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”), las diferencias de clase (“Por qué los ricos”), los abusos empresariales (“Usted y su ambición”) e, incluso, claros llamados a romper con la representatividad (“No necesitamos banderas”) y con los “vampiros” que mantienen a la sociedad en la ignorancia  (“Poder elegir”). En esta última canción la banda realiza un rotundo llamado a reclamar, pelear e impedir el aprovechamiento de las carencias del pueblo[i].

Ahora bien, tras la poderosa crítica social emanada de cada uno de los discos, existe una temática que captó, prontamente, el interés de Jorge González[ii]: el amor. No solo hubo canciones de protesta en las radios de los 70’ y 80’ sino, también, muchísima música romántica. Españoles, italianos, latinos seducían a los auditores con composiciones que daban cuenta de cómo el desamor nos deja en “carne vida”, o de cómo lo mejor de la vida precede a la traición o de cómo una muchacha y una guitarra pueden abrir las puertas del paraíso. Los Prisioneros vivieron la explosión de la balada romántica, la que influencia y permea las canciones del trío de San Miguel[iii]. Desde La voz de los 80 con “Paramar” o “Mentalidad televisiva” hasta “Por amarte o “Amiga mía” de Corazones, el romance fue parte relevante de las temáticas abordadas por la banda.

La camisa blanca manchada de sangre es una marca inolvidable de uno de los mejores discos de la última década del siglo XX. La carátula revela el ardiente y apasionado amor que narra el cuarto disco de estudio de la banda. Al tomar el CD en mis manos[iv] no puedo evitar recordar la compleja recepción del disco. El primer single, “Tren al sur”, según cuenta el propio González en un recital efectuado en Primavera Fauna, pasó más de seis meses sin ser difundido por las radios nacionales y, cuando comenzó a circular el video en los medios de comunicación (que en su gran mayoría aborrecían a sujetos marginales que habían desnudado, popularmente, las miserias del gobierno de Pinochet) los seguidores de la banda no comprendieron –no comprendimos- su giro.

Jorge González entregaba algunos de los mejores temas de amor del cancionero nacional cuando se esperaba un disco político que celebrara el término del régimen y que fijara, a su vez, hitos para el retorno de la alegría. No fue así. Como todo buen artista, González quebró las expectativas del público no porque hizo algo completamente distinto al resto de su catálogo sino porque invirtió la relevancia de los ejes temáticos que movieron a Los Prisioneros. Si las tres primeras placas focalizaron sus letras en la crítica social y cantaron, en menor medida, las huellas del amor y del deseo; Corazones descansó en el componente romántico pero, a su vez, mantuvo cierta posición crítica. Mientras “Noche en la ciudad” cuestiona el conservadurismo de la sociedad chilena de inicios de 1990, la que necesita establecer un férreo control ético que, en alguna medida, antecede la irrupción de la vertiente higienista que ha tenido un poderosa expansión en las primeras décadas del siglo XXI, “Corazones rojos”[v] despliega una ácida parodia del machismo en las sociedades latinoamericanas: “Eres ciudadana de segunda clase/ sin privilegios y sin honor […] En la casa te queremos ver/ lavando ropa pensando en él/ con las manos sarmentosas y la entrepierna bien jugosa”. González incluye en el disco una canción que denuncia un orden trazado al menos desde los albores del cristianismo y que adquiere manifestaciones pesadillescas, en sus versiones más extremas, a través de los feminicidios que sacuden el continente en la actualidad.

Ahora bien, Corazones tiene su eje central en un intenso romance[vi] que, al igual como en toda la discografía de la banda, está cruzado por la imposibilidad del amor. El amor prisionero está marcado por el fracaso, esto es, la incapacidad de consolidar la relación sentimental. Así, resulta imposible mantener en el tiempo los vínculos erótico-sentimentales.

La voz de los 80 y Pateando piedras incluyen canciones que narran amores no correspondidos. La voz de los 80 está protagonizado por un sujeto prisionero que anhela, fervientemente, consolidar una relación de pareja pero que, a su pesar, no logra alcanzar el objeto del deseo. “Eve-evelyn” describe la torpeza de un conquistador ante una mujer que lo seduce, lo pierde y lo abandona: “voy tras tu respiración/ mis palabras son torpes/ dominas la situación/ dame un poco más de tu boca/ toda tu piel me provoca/ en el suelo está embarrada mi dignidad”; “Mentalidad televisiva” se sitúa un paso más adelante en la relación amorosa: el inicio de una relación que, rápidamente, es socavada por el descontrol de los latidos de conquistador: “Como es normal nos juramos amor/ eterno, invariable y a todo color/ ella se imaginó que yo era un campeón/ un eterno matador/ insensible seductor/ cuando vio lo que yo empezaba a sentir/ mi entrega fácil le empezó a aburrir”. A todas luces, se produce un conflicto entre la imagen que proyecta el protagonista del relato y la realidad que se encuentra bajo la máscara. La amada no acepta nada menos que un varón de “lomo plateado” que ha de amarla a golpes de indiferencia. “Paramar” parece el corolario del trayecto inicial del sujeto prisionero: “Recuerdo cuando dije que este invierno/ sería menos frío que el anterior/ y aquí estoy congelándome”. Aquí, ya se ha perdido a la amada, al “alma gemela”, la única que detenta el poder de concederle la felicidad. No hay esperanzas. No hay sueños. No hay futuro. Solo queda un manifiesto que busca evitar las tormentosas aguas de la pasión sentimental. Así sostiene que para amar: “debes tratar de poco entregar […] tu identidad debes falsear […] siendo estúpido serás feliz […] debes evitar soñar”. González configura en la letra un amor que no apunta a cristalizar el sentimiento amoroso –al decir de Stendhal- sino a evitar el precio a pagar, es decir, el dolor que puede implicar involucrarse sentimentalmente.

Pateando piedras realiza una inversión jerárquica del polo de seducción. Desaparece el “poeta estúpido” dado que el objeto del deseo ha sido “alcanzado”, sin embargo, una vez consumada la conquista desea terminar, lo antes posible, con el vínculo amoroso. Así, “Por favor” plasma el aburrimiento y el desencanto que experimenta al sujeto prisionero, quien condensa su sentir en una sola frase: “Rindámonos, por favor”. Se trata de una relación acabada debido a que se encuentra sustentada solo en el deseo femenino. De allí que González clame: “Óyeme preciosa no hay más/ eso era todo y no hay mucho que hablar”. Las dos primeras placas de Los Prisioneros parecen dar cuenta de la no convergencia del deseo amoroso. No es posible aunar ni los tiempos ni los espacios ni los deseos de los amantes.

La cultura de la basura y Corazones cantan, en este sentido, un estadio distinto. Partamos por Corazones. El último disco firmado por la banda en su primera etapa tiene como piedra angular una compleja y tormentosa historia de amor. Muy en la línea de lo que plantea Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso, Corazones narra una trayectoria sentimental que comienza “Con suavidad”. Allí, la banda relata la captura, es decir, el momento en el que el sujeto prisionero se ve sumido en la seducción: “Llegó como una ilusión […] me apoyo en la pared/ para hablarte de aventuras […] logro mirarte los sientes/ me emocionas y me haces callar”. La proximidad del sujeto amado queda revelada en la contemplación de los dientes y en el hecho de que un detalle menor emocione al sujeto prisionero. Asimismo, la canción revela el férreo anhelo de tomar a la mujer hasta, simplemente, morderle su “corazón”.

Más que cualquier otra canción de Los Prisioneros, “Amiga mía” constituye el “encuentro” de los amantes, el momento del goce del otro. Jorge González describe la plenitud que emerge del amanecer con el sujeto amado, plenitud que se contrapone, claramente, el hastío que provoca el término del goce carnal, cuando –sin la presencia del amor- emerge el deseo de que el otro se vaya de una buena vez. “Amiga mía” se concentra en ese momento de éxtasis en el que sobre las sábanas sudadas se comparte café y caricias que dilatan lo máximo posible el inicio de la jornada: “Como puedo comer/ como puedo escribir/ como puedo sufrir/ escapar o mentir/ si lo único cierto y lo único claro/ es tu firme y salvaje/ y bendito amor/ […] moriría mañana/ moriría en éxtasis”. El amor devora el tiempo y el espacio. No hay nada más allá. El mundo se limita a esa pieza que actúa como burdel y castillo. De allí que la canción insista, una y otra vez, en subrayar el convencimiento de que no dejarán que “el amor se nos vaya”.

La ilusión del amor no tarda, sin embargo, en desvanecerse. “Por amarte” ya muestra las primeras señales de descomposición al dar cuenta que, a pesar de transpirar constantemente en el cuerpo de la amada, el amor se convierte en un error: “Amarte es mi estupidez/ es mi suicidio”. El sujeto prisionero se lamenta de poner su corazón en las manos de una niña que termina haciéndolo a un lado debido a que padece una enfermedad terminal: “Estrechez de corazón”. Esta última canción, la más reconocida del álbum, penetra en las sucesivas heridas que se generan en la pasión o, en lo que Barthes denomina como la “secuela”. Para González, las palabras se tornan en cuchillas que muestran el orgullo, las pasión y la traición que, lentamente, metamorfosea el amor en odio: “lástima que sea así/ es el juego del amor/ cuando más parece firme/ un castillo se derrumba de dolor”. A pesar de advertirle a la amada que no tolerará esa enfermedad, las cartas están jugadas y el juego o la guerra del amor tiene un desenlace inexorable que se aprecia en “Es demasiado triste”, canción que cuenta la partida del sujeto prisionero en un taxi que lo lleva a cualquier lugar donde pueda olvidar lo único que es “inolvidable”, esto es, a una mujer que se ha transformado en una ciudad, lo que es un claro reflejo de la inmensidad que ha alcanzado su imagen: “Toda esta ciudad/ hoy tiene el color de tus ojos”. Con ello, establece la imbricación de la mujer y la ciudad, haciendo imposible para el sujeto prisionero existir en un espacio dominado por el embrujo de ella. Así, el sujeto prisionero huye no sin antes constatar la tristeza que lo mueve frente a un maldito amor que ansía “reírse en [su] cara”.

La mancha de sangre se extiende sobre el blanco.

La cultura de la basura contiene una sola canción romántica que es, sin embargo, la más significativa de Los Prisioneros: “Cuando te vayas”. Ninguna canción de la banda encarna mejor que esta la imposibilidad del amor en el cancionero del grupo. Aquí nos encontramos con un sujeto prisionero que se halla en la plenitud del amor y que, a partir de ese momento de tranquilidad y de paz, sueña y reflexiona acerca de inevitable momento en que su mujer lo abandonará. No hay más que una explicación para esta situación: el sujeto prisionero sucumbirá a su injusticia, a su violencia o a su imbecilidad hasta hacer insostenible la convivencia amorosa. A diferencia del común de los mortales que, desde el éxtasis, proyectan como preservar e incluso extender la conexión amorosa, Jorge González parece estar movido por un “destino o su equilibrio fatal” que lo lleva a pensar en la crisis que antecederá el momento en que la amada se vaya. Tal como sostiene Oscar Rosales, “González evoca dolorosamente no lo que pasó, sino lo que va a pasar, generando un discurso poético de "Nostalgia del Futuro".

La fugacidad del amor en la discografía de la banda hace imposible los cuentos de hadas. “Nada es para siempre”, como afirma el propio González en su etapa solista. Los Prisioneros pueden proyectar nada más que la eternidad del instante, es decir, la máxima intensidad del amor cuando un cuerpo entra en otro cuerpo o un corazón se disuelve en otro corazón. Pese a que buscan y persiguen con suma pasión esos instantes, su muerte es inevitable. La desaparición del amor se proyecta como un hecho natural. El otoño vuelve cada año.



[i] No deja de ser inquietante que, a más de un cuarto de siglo de la edición de estos discos, las letras se mantengan vigentes. Esto evidencia las carencias que sigue teniendo Chile en estas materias.

[ii] A partir de ahora, me referiré indistintamente a Jorge González y Los Prisioneros dado que el vocalista y bajista de la banda firma la mayoría de las composiciones del grupo y, específicamente, todas las letras que son analizadas en este texto.

[iii] Un botón de muestra es la grabación de “La noche” de Salvatore Adamo en el disco Ni por la razón ni por la fuerza.

[iv] Si Corazones fue mi primer CD, Pateando piedras mi primer casete.

[v] Esta canción fue escrita originalmente para Las Cleopatras, agrupación conformada por Cecilia Aguayo, Patricia Rivadeneira, Tahía Gómez y Jacqueline Fresard.

[vi] La historia real que motiva el disco ha sido abordada en biografías autorizadas y no autorizadas, de manera que no consideraré este aspecto en este texto.