PALABRAS QUEMADAS | Ed.15

ALIENS Y ANODINOS | Yo Claudio

Categoría: Palabras Quemadas 15 Creado: Miércoles, 20 Septiembre 2017 07:23

Mi papá se llama Claudio. Hace tiempo atrás hice ese ejercicio absurdo de buscar en Google el significado de los nombres de todos aquellos cercanos a mí. Claudio viene de cojo. Durante un tiempo me fijé si mi papá cojeaba. Creo que detecté una pequeña oscilación en su forma de caminar, pero no es cojo. No renguea. Eso sí, ninguno de sus hombros funciona con normalidad. En el hombro izquierdo tiene injertado un pedazo de la cresta de su cadera y el otro se le disloca. No, mi papá no es cojo, pero al estirar los brazos tiene uno notoriamente más corto que el otro. Adivine usted cuál.

Hace poco me encontré con un relato de Alejandra Costamagna que se titula Yo, Claudio. Curiosamente, al leer el título no pensé en ningún momento en mi padre, porque la forma de enunciarlo me hizo pensar en un emperador romano. Claro, Robert Graves publicó en 1934 una novela histórica del mismo nombre, basada en los registros de los doce césares de Roma. También en 1976 la novela fue llevada a la pantalla grande por la BBC. Y fue todo un éxito. Entonces pensé “a ver, esto es una clara intertextualidad”. Pero eso no es lo medular del asunto.

El Yo, Claudio de la escritora santiaguina Alejandra Costamagna (1970) no es la historia de ningún cojo. No aparentemente. No tiene relación alguna con el Imperio Romano y los césares. De hecho se menciona ese título como el nombre de una pizzería. El cuento es parte de un conjunto publicado en 2011 bajo el acápite de Animales domésticos.

La primera vez que leí a Costamagna fue en la universidad. Estaba en el último año y tuve que hacer un trabajo acerca de literatura femenina nacional. Allí estaba ella, situada en la contemporaneidad, en lo que algunos llaman el nuevo boom latinoamericano, el de las mujeres escritoras.

Leí, recuerdo, Últimos fuegos, otro conjunto de cuentos publicado en 2005. En ese momento, su prosa me pareció muy cortazariana, de espacios muy íntimos y sujetos al silencio. Me costaba imaginar los rostros de los personajes, sus expresiones ante cada problema que les iba aconteciendo. Cuando volví a su narrativa, ahora en Yo, Claudio, encontré lo mismo.

Es la historia de dos Claudios: un él y un ella. Se conocen en el cine. Ven Alien, el regreso. Ella se ríe al ver el film y él no la entiende mucho, es más, Claudia le genera confusión. Él desvaría entre su pasado y lo que le gusta esta chica. Ambos son cojos, pero no en lo físico. Claudia vive solo con una tía que es como milico, el padre no vive en Santiago y la madre, dice, ha muerto. Claudio está separado, solo y con un trabajo que en febrero lo mantiene desocupado.

El cine va a ser fundamental en el desarrollo de la narración. No es de extrañar entonces que Claudia trabaje en la boletería del lugar donde se conocieron y haya visto treinta y cuatro veces Alien, el regreso: “Veía metros y metros de cintas. Le gustaban sobre todo las de ciencia ficción. Podía ver una película veinte, treinta o hasta cuarenta veces” (Costamagna 37). El cine va a ser para Claudia escuela y oficio. Según ella, aprenderá más cosas que estudiando y, a la vez, se siente facultada como comentarista y filósofa del medio.

Pero nada la valida como tal. Tampoco es aceptada como hija, porque nadie puede ser su madre, ni siquiera la moribunda del hospital. “No recordaba haber visto a su madre ni en fotografías. Si quiso ir al hospital, admitió mientras se alejaba de la sala catorce, fue por curiosidad. Pero al ver a esa mujer supo de inmediato que no podía ser su madre” (Costamagna 105).

Tanto Claudio como Claudia son seres extraños en la sociedad. Aliens. Como la mayoría de los personajes de Costamagna: protagonistas que no merecen siquiera tener una historia que contar, porque ni sus relatos de terror atómico escritos en libretas tienen sentido para ellos. Son sujetos anodinos. Prescindibles. Extras en una película de ciencia ficción, extras en Santiago, únicamente distinguibles para las narraciones de Animales domésticos.

A propósito, es curioso, pero el texto de apertura del libro es este, Yo, Claudio, cuento también editado por ebooks Patagonia en la colección Patagonia Singles, para Kindle. Pero, la salvedad es la siguiente: siendo Yo, Claudio en la publicación de Animales domésticos el texto iniciático, no vemos, a lo largo de todo el relato, la presencia de algún animal. Aquí los únicos que se están domesticando son ellos, Claudio y Claudia.

La historia entonces, no tiene nada que ver con el nombre de mi padre, aunque hay algo en lo que sí me recuerda a él. Los personajes toman malta con huevo. Y Claudio, mi Claudio, me ha contado que cuando era un adolescente colegial, por allá por los ochentas chilenos, junto a sus amigos tomaban cañitas de tal brebaje en alguna casa, porque el toque de queda los obligaba a quedarse dentro.

Bibliografía

Costamagna, Alejandra. Yo, Claudio. ebooks Patagonia: 2014, Santiago de Chile. Documento de Kindle.