PALABRA VIVA | Ed.19

[Descarga Libro] "Panoptismo, Silencio y Omisión en la crítica literaria bajo dictadura", de Ricardo Herrera Alarcón

Escrito por Braulio Rojas
Categoría: Palabra Viva 19 Creado: Jueves, 14 Febrero 2019 07:23

 

Presentación de 'Panoptismo, Silencio y Omisión en la crítica literaria bajo dictadura'. 

Por Braulio Rojas
Centro de Estudios Avanzados
Universidad de Playa Ancha de Valparaíso

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…lo mató la crítica literaria chilena.

Qué bueeeena!

M. Redoles

La discusión en torno a la práctica de la crítica literaria en nuestro país ha tenido un desarrollo importante en los últimos años. Coloquios y seminarios que no han estado exentos de polémicas, y que han tenido como resultado publicaciones colectivas dan cuenta de ello. Se pueden mencionar, a modo de ilustración, el coloquio que se realizó en la Universidad de Concepción el año 1994, que se plasmó en el libro La Crítica Literaria Chilena (1995)2 , y últimamente el encuentro que se hizo el año 2006 en la Pontificia Universidad Católica de Chile, publicado por la revista Aisthesis también bajo el título La Crítica Literaria Chilena (2009)3 sólo para considerar dos hitos. Estos encuentros han tenido como participantes a los cultores del oficio de la crítica, en un país en donde se interrumpió abruptamente el desarrollo de esta disciplina a partir del Golpe de Estado de 1973, y que sólo se ha ido recomponiendo poco a poco, ya no luchando en contra de los “vigilantes” (Amaro 2009) uniformados, sino que, más arduo aún, en contra de las operaciones de banalización del mercado totalitario.

En el libro al cual me referiré aquí, el autor desarrolla un ejercicio de análisis de las prácticas de la crítica literaria nacional, en un contexto histórico político determinado, el que va desde la dictadura militar en Chile (1973-1989) a la postdictadura (1990 en adelante). El análisis parte de la categoría central de “panoptismo”, desde donde elabora una matriz analítica que le permite evaluar el modo de operación de la crítica literaria durante la dictadura y postdictadura, apelando a una matriz conceptual sustentada en investigadores del campo de la filosofía, como Michel Foucault y Gilles Deleuze, del campo de la crítica literaria: Túa Blesa, Lisa Block de Behar, Argildas Greimas, historiadores como José Bengoa y de la crítica cultural, como Nelly Richard, entre los referenciados como centrales. El libro está organizado en cinco capítulos, más la “Introducción” y un apartado de “Obras citadas”. Sin embargo, siguiendo su lectura, se pueden identificar dos secciones, que si bien no están señaladas por el autor, marcan dos tiempos diferenciados de lectura del texto. En una primera parte,4 se aborda la cuestión de la vigilancia panóptica desde la figura del “crítico único”, representado por Ignacio Valente, pseudónimo del sacerdote Opus Dei José Miguel Ibáñez Langlois, quien marca de forma insoslayable la forma de hacer crítica literaria, desde el año 1966, en el suplemento de Artes y Letras del diario El Mercurio, teniendo su época dorada durante la dictadura militar. Es importante e ineludible esta referencia, pues, después del Golpe de Estado, este personaje hegemonizó el campo de la crítica de libros en Chile, constituyéndose en el gran pontificador de la producción poética, sancionando a quienes serían reconocidos, y quienes quedarían fuera del circuito, “oficiando el bautismo, sacramentando una escena literaria de marginación, ninguneo y diáspora” (Herrera Alarcón 11). Para ilustrar la forma como operaba el trabajo crítico de Valente, el autor hace referencia al caso de dos poetas que, de forma diferenciada, fueron tratados por los análisis del crítico: Raúl Zurita y Enrique Lihn. Del primero destaca la temprana atención (1975) que le brindó Valente a este poeta, a pesar de que este fuese “el loco, el marginal, el enfermo, un granuja, un outsider que se quema la cara (1975) se arroja amoniaco en los ojos para quedar ciego (1980), se masturbó en público frente a un cuadro de Juan P. Dávila, en Purgatorio (1979) ‘semiotiza en femenino’ […] con la voz de Raquel, una prostituta, e incorpora distintos elementos que dan cuenta de su estado febril” (27-28) 

A pesar de todo eso, Valente reconoce en el joven Zurita una voz poética original, a la cual le augura una proyección sin límites, destacando Herrera Alarcón que Zurita terminó posicionándose como el poeta de la transición chilena, acomodándose a los cambios políticos y culturales de la postdictadura (30-31). Como caso contrario, está la negativa apreciación que tuvo el crítico mercurial de Enrique Lihn, siendo que este poeta era uno de los “intelectuales más relevantes de la segunda mitad del siglo veinte en Chile e Hispanoamerica” (41). Sin embargo, Valente había ignorado la obra de Lihn desde la publicación de su poemario, La pieza oscura (1963), pero la discrepancia entre el intelectual y el crítico se hace aguda cuando Valente publica el libro Sobre el estructuralismo (1983)5 , y Lihn le responde con el incisivo Sobre el antiestructuralismo de José Miguel Ibáñez Langlois (1983)6, donde polemiza teórica y políticamente con el crítico oficial, en un momento en que era, a lo menos, complejo hacerlo.

La segunda parte que se destaca en el libro corresponde al capítulo cuarto: “Hacia una crítica literaria interdisciplinaria: Dos aproximaciones a la obra de José A. Cuevas” (48-116), con dos apartados: 4.1: “Nostalgia, identidad y memoria en la poesía de José A. Cuevas”; 4.2: “Semiosis de la ciudad en la poesía de José A. Cuevas”. Este constituye el análisis más exhaustivo de Herrera, ocupando la mitad del libro, junto con el capítulo quinto: “Capítulo final”. Lo extenso de esta segunda parte genera un cierto desequilibrio en la argumentación textual, ya que podría haber sido un texto independiente dedicado a este poeta, cuya obra no ha sido suficientemente reconocida. Se destaca la obra de Cuevas como una que ha sido obliterada por la crítica, pero que se constituye en un testimonio poético del fracaso del proyecto político de la Unidad Popular, y como un registro de las miserias de la transición política chilena: “La poesía de José Ángel Cuevas nos permite una mirada a la historia reciente de nuestro país fisurando los grandes mega-relatos de la poesía política de mediados del siglo y fisurando también los relatos del consenso del Chile postdictatorial”(89). El análisis de Herrera Alarcón finaliza con una conclusión muy breve, acompañada de un poema de su autoría que cierra el libro.

Hecha esta descripción del orden y la forma del libro, pasaré a destacar lo que, me parece, son los aportes teóricos más interesantes expuestos. Cada capítulo está articulado desde un concepto específico, que remite a uno o dos autores que lo sustentan. Así es como en la “Introducción” se hace una presentación de la articulación teórica y argumental del texto desde la “pragmática” del texto, comprendiéndola como “registro, contexto, nado sincronizado, competencia, zona achurada, situación, estrategias discursivas” (5), vale decir, como el marco desde donde poder desarrollar un análisis del contexto de recepción crítica de una obra, destacando las relaciones entre la obra, el autor y el lector. Pasa, enseguida, a hacer unas consideraciones generales sobre el sentido en que trabajará la noción de crítica, situando su análisis no sólo desde lo que se dice en el campo de la crítica literaria, sino que, desde los silencios y omisiones que se irradian desde su lugar discursivo.

El capítulo primero: “El concepto de panóptico aplicado al diario El Mercurio: el caso Valente/Zurita”, se articula a partir de la descripción que hace Foucault de las sociedades disciplinarias, pero destacando que tiene a la vista el desplazamiento crítico que hace Deleuze desde la matriz de la sociedad disciplinaria de la modenidad, hacia las sociedades de control contemporáneas. A partir de este punto, Herrera Alarcón señala que la prensa chilena en dictadura, funcionó como una de las formas de control implementadas: “prensa escrita, radio y televisión constituyen los ejes y los ojos centrales de una sociedad de control que visualiza y entrega la visión única” (17). Para la forma de control operada desde la crítica literaria promovida desde El Mercurio, el autor hace uso de las categorías de silencio y logofagia acuñadas por Túa Blesa, señalando que la crítica literaria “dice y silencia al momento de decir, selecciona y ausculta, y en ese auscultar omite a los posibles objetos de su crítica, de su paradigma posible de mirada” (19). Esta crítica se fija en los elementos formales de las obras, haciendo caso omiso de los contenidos, como ocurrió con el caso de Zurita, haciendo una suerte de blanqueo de aquellos autores que contaban con el beneplácito de los críticos. El concepto que utiliza para tipificar la práctica crítica de Valente es el de “logofagia crítica”, entendida como una crítica que “se destruye y devora en su ejercicio de control y poder a través de la Omisión y la condena al silencio de quienes no son criticados y, por lo tanto, incorporados al canon literario de la época” (33). Lo que para Blesa es silencio, en la práctica de la logofagia, se transforma en omisión en la manera como es situada esta categoría por Herrera. A partir de esta categoría de logofagia crítica, se puede comprender cómo los comentarios de los críticos, en tanto expertos, anulan la posibilidad de otros comentarios posibles, cerrando la circulación de los textos y la visibilización de los autores El breve capítulo tercero, titulado “El caso Enrique Lihn en la crítica literia de Valente: una retórica del silencio”, es el más débil del texto, pero le sirve para ahondar en la categoría de silencio, esta vez desde Lisa Block de Behar. Según Herrera Alarcón, para esta autora “El crítico omite el silencio del lector y se pronuncia […] decide, esa es su función” (45), pronunciando una palabra que adquiere el estatuto de un juicio. Se postula, por contraparte, la idea de un lector que salga del mutismo, que abre el espacio para la palabra del crítico, planteándose como comentadores que, abandonando toda pretensión de objetividad, hablan desde la arbitrariedad del gusto, develando la imposibilidad de dicha objetividad, y la arbitrariedad de todo comentario crítico. Se evidencia, así, la práctica de Valente, como un ejercicio de crítica desde el “gusto personal”, un modo de operación que se ha venido haciendo desde hace mucho tiempo en la crítica literaria en nuestro país, a lo menos desde Raúl Silva Castro hasta Ignacio Valente.

El capítulo cuarto, el más largo del texto, es un estudio de la poesía de José Ángel Cuevas, a partir del análisis semiótico de las categorías de nostalgia, identidad y memoria, consideradas por Herrera Alarcón como las que articularían su poética. En los textos de Cuevas, se instala una crítica a la postdictadura desde la textualidad poética, insistiendo en la poesía social o política cuando se creía esta cancelada con el fin de la dictadura” (51). La categoría de nostalgía es la que articula al análisis, la que es trabajada a partir de las teorizaciones de Algirdas Greimas. 

A partir de esta lectura, Herrera Alarcón hace una genealogía de la poesía social y política chilena, estableciendo un ordenamiento cronológico interesante. Una primera etapa que va desde fines del siglo XIX y principios del XX, denominada Poesía Social y Ácrata, haciendo una genealogía de la construcción del campo popular a partir de la hegemonía de los movimientos anarquistas, y su impacto en el desarrollo cultural del proletariado. La segunda etapa, es aquella que está “asentada en los grandes mega-relatos de mediados de siglo” (63), siendo Pablo Neruda el mayor exponente de este tipo de poética, y que incluye a De Rokha y Huidobro, entre otros. El tercer período es el que se configura desde “el quiebre que ocurre en los relatos épicos del realismo socialista en la década del sesenta”(71), teniendo su mayor exponente en la figura de Enrique Lihn, y que se define por una poética escéptica y desencantada. El cuarto período es el del autoritarismo, marcada por una “perspectiva transdisciplinaria” (73), en donde se cruzan lo visual y lo escrito, teniendo su expresión en la Escena de Avanzada aparecida el año 1977. Se produce aquí una poesía social y política como resistencia a la brutalidad de la dictadura, y a la pobreza cultural e intelectual instaurada desde el régimen. Es aquí donde se sitúa la obra de José Ángel Cuevas, considerando su escritura como “uno de los intentos más desesperados por establecer un discurso que, desde la poesía, se niega al silenciamiento que parte de nuestra sociedad ha querido imponer” (77).

Me parece que el libro de Ricardo Herrera Alarcón es un aporte serio y documentado, que asume el desafio de pensar políticamente la poesía, de establecer cruces desde la dimensión poética de la literatura con la dimensión política de la cultura. A patir de una documentación sólida, el autor ofrece una mirada, que si bien flaquea en algunos puntos de su argumentación, logra instalar una mirada crítica sobre la crítica literaria, abogando por la constitución de un campo en donde la relación entre los críticos, ya sean académicos o de prensa especializada, y los escritores, no sea determinada por el silencio o la omisión.

Además, en el análisis se hace mención a los y las investigadores que hoy en día están trabajando sobre la crítica de la crítica literaria, como Lorena Amaro, Carlos Labbe, Felipe Moncada, entre otros. Se aboga en la propuesta de Herrera Alarcón, por una crítica que no limite ni bloquee el trabajo creativo de los escritores.

 

Bibliografía.

Amaro, Lorena. “¿Quién vigila a los vigilantes? Algunas ideas sobre la crítica literaria reciente en Chile”. La crítica literaria chilena. Ed. Patricia Espinoza. Santiago de Chile: Instituto de Estética UC, 2009. 7-19

Notas:

1 Esta reseña está vinculada al proyecto CONICYT + FONDECYT/Postdoctorado 2016 + 3160779, titulado “Narrativas marginales de/sobre Valparaíso: una mirada analítico-crítica a los imaginarios de resistencias a la modernización 1925-1980”.

2 La crítica literaria chilena (1995). María Nieves Alonso, Mario Rodríguez, Gilberto Triviños (editores), Concepción, Editora Aníbal Pinto.

3 La crítica literaria chilena (2009). Patricia Espinosa Hernández (editora), Santiago de Chile, Colección Aisthesis Nº 26

4 Capítulo 1: “El concepto de panóptico aplicado al diario El Mercurio”, pp.13-32; Capítulo 2: “La omisión como forma de silencio en la crítica literaria de Valente: Logofagia crítica”, pp. 33-40; Capítulo 3: “El caso Enrique Lihn en la críticaliteraria de Valente: Una retórica del silencio”, pp. 41-47

5 Ibañez Langlois, José Miguel (1983). Sobre el estructuralismo, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Católica de Chile.

6 Lihn, Enrique (1983), Sobre el antiestructuralismo de José Miguel Ibañez Langlois, Santiago de Chile, Eds. Del Camaleon.

  • Esta reseña fue originalmente publicada en Nueva Revista del Pacífico 2016, Nº 65, (Reseña 3-8). ISSN 0716-6346, ISSN (e) 0719-5176.

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