PALABRAS QUEMADAS | Ed.14

LA MARCA BLANCA DE NATALIA BERBELAGUA | Cuerpos baleados que siguen vivos

Escrito por Alejandro Banda
Categoría: Palabras Quemadas 14 Creado: Lunes, 03 Julio 2017 07:23

Cuerpos baleados que siguen vivos.

Cuerpos baleados que siguen vivos.

El verano reciente, en la Feria del Libro de Viña del Mar 2017, cuidé dos estand por algunas horas: El de SECH Filial Valparaíso y el estand del Parque Cultural de Valparaíso, a razón de que soy socio de ambos. Pero, especialmente, me quedé en el segundo estand en apoyo a la nueva organización de Editoriales Independientes. Y, si no fuera por esas jornadas de trabajo voluntario, me habría perdido la historia que aquí les cuento.

Estaba yo entonces, sentado y boquiabierto, leyendo el pequeño texto narrativo Motel ciudad negra (2014) de Cristóbal Gaete, casi sin aire, buscando infructuosamente aquello que sí encontró Patricia Espinosa, cuando de pronto desde el pasillo izquierdo vi venir la silueta de la escritora Natalia Berbelagua (Santiago, 1985) a quien conocí hace algunos años en la Feria del Libro de Villa Alemana, ella presentaba el libro de cuentos Valporno (2011), de editorial Emergencia Narrativa, y yo presentaba la primera edición de Nacimiento (2012), poemario de la mapuche Libertad Manque que se publicará este año traducido al mapudungün. Berbelagua se detuvo frente al estand del Parque y me saludó amablemente, eran las 8:55 pm y me contó que estaba a cinco minutos de subir al escenario a presentar su primer poemario, titulado La marca blanca en el piso de un cuerpo baleado (2016) de Ajiaco ediciones. Me regaló un ejemplar, autografiado, y continuó su agraciada marcha de paso firme hacia las alturas.

Su libro me recuerda el poema “En paz” de Amado Nervo, ese que tanto le gustaba recitar a mi abuela y que cierra diciendo: “¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”. Porque sin duda las balas y la silueta de un cuerpo baleado significan un ajuste de cuentas, una historia que se termina, algo personal que debe transformarse, y las balas del texto pasan a componer ese diálogo no realizado entre el sujeto y su padre. Entonces, el hablante al menos se configura, encapsulando un sentimiento de rechazo y rencor en el interior de versos menores que compondrán el mensaje cifrado que cruzará el umbral del dolor concretando la certera venganza contra el padre. Y en el texto se hará presente, al menos el cuerpo de aquel en su contorno, el color de sus ojos, su manera de silbar que se repite en ella, las manos escamosas, metro setenta y la boca apagada. Por medio del diálogo que sostiene para imprecarlo, las escenas donde brilla por su ausencia son un poema en otro sin término, incluso los poemas se encabalgan de verso en título y las confesiones se van transformando en golpes breves pero intensos, donde su ausencia retumba cual balacera, formulando tonalidades y ambientes similares a un conjuro:

 

HEME AQUÍ, PADRE MÍO,

Honrándote en el odio y el rechazo.

 

En una ciudad que desconozco, como tú,

en medio de libros

y puntos ciegos de cámara (2016, 12)

 

            El objeto lírico es el padre que de alguna manera será juzgado por traición, y el sujeto poético es la hija dolida de 31 años, que se ha hecho cargo del sentimiento de rechazo. Por tanto, por medio del artefacto literario del que forma parte como de la angustia que siente, ella de manera consciente expresará su malestar y narrará lo vivido sin él, con esto de alguna manera también estará imaginándolo y conformándolo, dándole vida en el texto, presencia y así descanso. En otras palabras, lo llevará a la inmortalidad consigo. Porque no debemos olvidar que en este libro el hablante es también la escritora: “SOY LA ESCRITORA PERPETUA/ con silencio de árbol y pájaro negro/ de nuestro desamor/ la secretaría triste de tu rechazo y mi rabia” (13). Por ende, sabe de los poderes del lenguaje y la literatura, y de cómo se funda la realidad. El hablante de Berbelagua necesita comunicarse con aquel que imagina y que entiende debe sacarse de la cabeza. Separarse por medio del habla, dejarlo fuera o hacerlo suyo. Por eso la autora decidió trabajar con este “material íntimo”. Al menos así lo llamó aquella noche de verano viñamarino en el escenario de la Feria del Libro.

            Algunas personas del público hicieron preguntas, una mujer quiso saber si había visto o encontrado al padre realmente. La autora de Valporno, La bella muerte y Domingo, delineó -ante la interrogación- una sutil y bella sonrisa, quizás de incomodidad bien disimulada, pero ¿por qué no?, se puede ser frontal, libertario y fino a la vez. Pero también pudo sonreír por vergüenza ya que se trataba de una pregunta fácil, superficial, ajena a la forma del lenguaje y a los ejercicios de la memoria, o tal vez se puso contenta porque le preguntaban sin querer sobre el poema más largo del libro, “Unos seis meses después”, un poema prosaico triturado en versos que marca y narra el encuentro entre ella y su padre antes de publicar el libro y después de escribirlo casi por completo en México:

                                  

                                   Mi padre y mi tío estaban en el terminal.

                                   cuando nos encontramos

                                   le extendí los brazos a mi tío

                                   le escondí la cara a mi padre

que se dispuso a arrastrar mi maleta. (44)

 

Invocar al padre para luego matarlo, superarlo, y después volver a casa. Pareciera la sentencia perfecta en este poemario. Pero aquella tarea nunca ha sido fácil y a veces se vuelve un imposible. Para Freud quizá no lo fue tanto por tener a un padre sabio pero ligero, quizás porque así lo percibió un Sigmund hijo de la tercera esposa de Jacob Freud. Con los años y varios hijos a cuestas los padres se vuelven menos aprensivos y por ende menos castigadores. Por su parte, Nietzsche que sentenció la muerte de Dios, tuvo un padre profesor y pastor, que murió a los 36 años, por tanto el pesimista se vio obligado a pensar en grande. Por su parte Berbelagua continúa y nos dice con generosa palabra que no se detiene y avanza. Nos dice: Sólo por la poesía puedes acercarte a un sujeto muerto, dibujaré su contorno; lee, ven, imagina, en ese proceso, voy a seguir avanzando, enfrentando el dolor de esta fractura, reafirmando mi libertad, entendiendo el funcionamiento del mundo:

 

                                   A mi tío le corría agua por la cara

[…]

La mujer de mi tío manejó el auto

y puso a Pedro Navaja.

Mi padre iba silbando

como yo cuando estoy nerviosa.

Me tomó la mano y lloró.

Le dije que todo está saldado entre nosotros. (44)

 

La forma es primordial en este texto. No solo cada poema es un fragmento, paso a paso Berbelagua va dejando marcas que traslucen el deseo de escapar del relato del cuerpo.  No es necesario llenar el interior vacío, porque en él nada hay, y no es un silencio, son los fragmentos de lo que existió en él, pero muy a la distancia, junto a la mujer del abrigo piel de tigre, un padre que “sabote[ó] todo lo que tuv[o]” (45), alguien que supo del arte pero que no quiso entrar ni estar. La ausencia es sin duda un tópico que persiste, y la estructura lo delata, hojas escritas hasta la mitad, recuerdos que no arriban y secretos que prefieren seguir en el eclipse. Los poemas son cortos, hay algunos de dos, de tres versos. También hay poemas que provienen de una frase y también de una voz casi al margen de lo lírico. Oportunamente hay un título que se repite, “Uso el formato carta”, por medio de éste el metalenguaje se hace presente para enunciar que el sujeto es sólo lenguaje y que el uso de las formas es su respuesta al desamparo. Esto se hace más evidente luego, con el poema “Uso el formato de mi propio formato”, donde el ejercicio de intratextualidad dará resonancia a la sujeto escriba que tampoco desaparece al interior de sus propios poemas. Es así como la distancia entre la autora y la hablante lírica se ha roto o disuelto.

Sonia Montecino en el ensayo Madres y Huachos: alegorías del mestizaje chileno (1991) señala: “Las circunstancias experimentadas por nuestros pueblos condujeron a una gama de situaciones que se sintetizan en la formación de una identidad en donde el abandono, la ilegitimidad y la presencia de lo maternal femenino componen una trama de hondas huellas en el imaginario social” (1991, 59). Por tanto, estas huellas se replican y vuelven a trasladar la culpa a quienes no la tienen, esos hijos e hijas, mestizos, blancos, nativos, de cualquier color, que deben continuar pese al imago, ya sea del padre autoritario, de imagen superior, o al contrario, sea la del que desilusiona por débil, por frágil, por ausente. Por esto el título La marca blanca en el piso de un cuerpo baleado, porque aunque el sujeto delineado ya está muerto para ella, la figura del padre ausente, entiende, es también la de quien ha forjado parte de su identidad y, aunque estos poemas no sean en realidad las balas, son el cuerpo que falta.

            La sugerencia de lectura está hecha. Usted busque un libro de portada gris donde sobresale desde la cintura un vestido rojo color sangre, la sangre que sin duda falta en el suelo de la calle empinada. Si usted lo abre conocerá la venganza, aquella muchas veces tan necesaria. Finalmente, aquella noche, me quedé hasta el cierre de la Feria y cubrimos con una malla y alambres las paredes del estand, y la imaginé a mis espaldas cruzando nuevamente el pasillo o la vi pasar como un fantasma radiante, pero a diferencia de la vez anterior: se veía una pizca más alegre. Tomé mi bolso, salí a la avenida Libertad y, mientras cruzaba el Marga Marga, pensé en todos esos cuerpos que pese a las balas siguen de pie.

 

 

Bibliografía

 

Berbelagua, Natalia. La marca blanca en el piso de un cuerpo baleado.  Santiago: Ajiaco ediciones, 2016.

Montecino, Sonia.  Madres y Huachos: alegorías del mestizaje chileno. Santiago: Cuarto Propio, 1991.

 

Revista Digital Estación de la Palabra | Ed. 14